Eran las 3 de la mañana. Xuana, Oria y María aceleraban el paso y los zuecos de madera resonaban entré sí, siendo la única forma de notar la presencia de estas tres mujeres en plena obscuridad.
Sólo Dios sabe cómo se orientaban en ese mar lleno de formas similares, en un gran camino ascendente, sin señales ni límites.
Oria quejose sin palabras, con un sonido interno que era para sí misma,evitaba hacerlo notar ya que Xuana no sólo se lo reprocharía sino que seguramente la haría apartar de la misión si notaba una mínima debilidad en sus dos secuaces elegidas.
Así, con el silencio absoluto de María, la queja interna de Oria y la videncia de Xuana, el cometido se llevaría a cabo. En la jornada anterior hubo acaloradas disputas donde mujeres de todos los punto cardinales se habían encontrado en aquella jornada fúlgida donde todas habían opinado con expresiones a favor y en contra, con palabras en algunos pocos casos.
La opinión de Xuana fue la más ferviente ya que utilizó un sistema imposible de reprochar. Defendió su opinión con látigos de fuego sorprendiendo a más de una aldeana inexperta que esperaba una reunión más tradicional y ordinaria, si algo tienen de ordinaria estas reuniones que llevan una vez al año las mujeres de este mundo.
Ella hizo uso de sus notables virtudes, y en esa, a veces, incontrolable reunión puso orden e impuso su idea donde ya nadie podía decir más nada en contra y ni siquiera a favor.
El encuentro que supuestamente era para tomar una decisión tan importante había finalizado con una resolución rápida e inconsulta.
La verbena seguiría por muchas horas más mientras ellas tres iban saliendo y desapareciendo por la cumbre hacia la aldea a más de treinta km de distancia.
